DESTERRADAS
En una de estas mañana de junio en que ya deja sentir el vaho del calor sobre las mejillas, pude ver de reojo que una fila de pequeños granos color café volaban sobre mi hombro, eran abejas que en un segundo elevaron la pendiente de su trayectoria para perderse en la cabeza despeinada de una palmera.
Aterrizaron en la bruma cremosa de flores que la palma de taco ofrece en estos días, cascadas de dulces brotan de esta larga planta avisándonos que la vida se ofrece a manos llenas en Loreto.
Tan manso espectáculo, -pensé- debiera ser contemplado por quienes se topen con las palmas, al ir conduciendo sus carros por la avenida Salvatierra, en los camellones ahí están las delgadas manos de flores de éstas plantas las palmeras saludando en oleadas lo mismo a transeúntes que avionetas cruzando sus esqueletos sobre cielo despejado.
Desterradas alrededor de la ciudad, han visto desde otro ángulo los cambios de la geografía de su tierra, se les ve sobrevivir solitarias y en terrenos resecos, trasplantadas del oasis en que sus antepasados retozaron.
Muchas lamentan con el cabecear latente de sus hojas, otros tiempos en que eran ritual y de su centro ofrecían alimento al más pobre o al más rico habitante loretano.
Hace muchas noches estrelladas y densas como éstas de junio; al no encontrar pan y leche en sus mesas, niños loretanos saboreaban dátiles, sus pequeños cuerpos eran bendecidos por este manjar de las alturas que les mantenía la alegría y llenaba de sol el corazón.
Alimento y hogar fueron provistos por las palmeras, techos y artesanías salieron de las manos de los antiguos que respetaron los ciclos de poda, para que los dátiles fueran suculentos y sazonaran la boca al tomar café o té limón.
Las familias enteras participaban ayudando en la recolección del dátil, cargarlo y llevarlo a esparcir sus olores y madurar la carne sobre las asoleaderas, descanso merecido después de haber visto el cielo, lluvia y ráfagas de sol sobre su tersa cáscara.
He visto palmas dispuestas en fila, persiguiéndose en silencio una a la otra, en una marcha eterna que sólo parece que terminará cuando la de enfrente o la que sigue sea rota por la tormenta. No tienen líder, esperan siempre que el estar juntas las proteja.
Dominaron las alturas antaño, veían a las auras hacer círculos en el aire, las dejaron hacer sus nidos entre su pecho; llegaron a ser las primeras en distinguir el mal tiempo para salir a pescar, ahora son tímidas en su terreno porque tantas se han ido, que temen aventurarse a creer en su futuro…
Ven su fruto perderse o ni siquiera madurar porque la mano que las ayudaba en el proceso ahora escarba en las nuevas construcciones o extiende el menú en un solitario restaurante, los tiempos han cambiado y se ha llevado cientos –quién lo sabe realmente- . Sólo hay pedazos de tierra que aumentan su valor, al verse libres de ellas.
Allá en la colonia Zaragoza viven familias de palmas que exudan vida, saben a tradición sus dátiles, no han escuchado la pisada grotesca del progreso, contrario a las que con débiles y secas figuras, tratan de adornar espectáculos faltos de significado, camellones o malecones agónicos, risas rotas que no nos pertenecen.
Soñé con un oasis, el mismo que vieron los nativos y que descansaron los cuerpos a la sombra de una palmera, el viento les hablaba a través de sus hojas sagradas, ahora el viento calla porque hemos levantado la voz sobre la palma, una voz que no suena propia.






