PANGAS TRISTES AL SOL.
Sobre sus huecos estómagos descansan unas, otras con la nariz a medio enterrar en una orilla interminable de playa, sienten sobre sus espaldas el parloteo de gaviotas enclenques. Pangas rotas o deslavadas que han visto mejores días; travesías interminables a mar adentro. De esqueleto repintado, blanco, azul y rojo, algunas franjas amarillas les pulen la dentadura.
No tienen ombligo porque no vienen de madre sedentaria sino de materia sin vida, al ser creadas lo único que ha contemplado su leve quilla es el mar. Creen que le han nacido al mar, por algo confunden siempre a las ballenas con parientes sumergibles, de interiores cubiertos y de mejor brillo.
Pangas tristes al sol, sin brazos para pedir razones a quienes de todas maneras no escucharán.
A veces atadas por un cordel que les impide fugarse de una buena vez. Entretenidas en el vaivén de olas remotas que les traen de la lejanía inciertas historias de guerreros furiosos, suicidas tenaces, botellas lanzadas al mar con inconfesables secretos y deseos.
Pangas desmañanadas internándose en la bruma y el frío de la madrugada, son negras como rígidos cocodrilos en busca de calamares gigantes, soportan la brisa y el agua salada como parte de su oficio marino, sardinas y delfines las acompañan en el transcurrir de horas en la inmensidad del azul, del agua sin fin.
Pangas tristes al sol, abandonadas después de la jornada del pescador, nadie escucha su resollar, su cansancio abandonado sobre la arena, el anhelo de regresar al mar.
Se tuestan en somnolencia, en desgaste constante del espinazo; abolladas por piedras filosas, reposan con desechos de aves, basura que el viento les ha arrojado a la cara y nada dicen porque su entero ser es de espera apacible, hechas para fundirse en el mar y sonreír a las gaviotas que de vez en cuando descansan sobre ellas.
Con nombre de mujer que las identifica amantes todas del océano, pangas que navegan o se enclavan cercanas a la playa, o deslumbradas por las rocas de islas; gravitan en atenuada curiosidad por todo lo que no verán jamás, a no ser cabezas de pescado, anzuelos, cañas, hieleras, la piel requemada del pescador, ese que se pierde en pensamientos y comparte la victoria de la pesca con su panga inseparable.
Reciben lluvia de sol después de su travesía. Atrancadas sobre la arena, avejentadas, resecas, granos del tiempo las convierten en un puño de sal al final del día, cuando el viento las mece un leve temblor las encamina por rumbo equivocado: tierra adentro.
Tierra adentro se pierden, no saben estar sobre la tierra porque las pangas creen fervorosamente que son hijas del mar.






